lunes, 2 de marzo de 2026

PRESENTACIÓN DEL CUADRO PARA CARMEN NEBOT


 Pintar a esta mujer fue más que un acto artístico: fue una oración con cada trazo. No era una figura famosa, ni una musa de galería. Era una madre. Un ama de casa. Una santa en silencio. Alguien que cuando acudí a ella pidiendo la mejoría de mi pie con lágrimas por no poder caminar me recibió y consoló enormemente intercediendo ante el Señor y consiguiendo de Él la gracia de caminar como hoy lo hago a pesar de los malos pronósticos de los médicos y mi apoyo en dos muletas. ¿Cómo no pintarla con cariño y agradecimiento?

Pedí a Hermana Fátima su foto y así me decidí a retratarla.

Me impresionó su mirada, no por su fuerza imponente, sino por su suavidad resistente. Había en ella una ternura aprendida con los años, moldeada en la rutina de lo invisible: el café por la mañana, las camisas planchadas, las lágrimas escondidas en la cocina. Cada línea de su rostro hablaba de entrega. No tenía aureola, pero sí la tez gastada de amar sin medida. Pinté ese rostro con devoción: de mirada fuerte, pero dulce, arqueada su sonrisa con expresión de consuelo para todos.

Mientras pintaba, sentí que no solo plasmaba su rostro, sino toda una vida de servicio callado. Vi en sus ojos los rezos por los hijos, las noches en vela en la enfermedad de su esposo, los días de cansancio ofrecido con amor, sus oraciones, sus testimonios escritos tras la lectura del evangelio diario y sus oraciones que una y otra vez releía admirándome de su profunda Fe y confianza en Dios. Una santidad que no necesita púlpitos ni milagros espectaculares, porque su milagro era diario: sostener el hogar con fe, con alegría, con sacrificio y en la calle consolar con frases de Fe y esperanza a todos.

Al terminar el cuadro, no sentí que la había pintado a ella… Sentí que ella me había enseñado algo a mí. Que la santidad no está en hacer cosas grandes, sino en hacer con amor las cosas pequeñas. Como pintar, como enseñar a mis alumnos o como mantenerme en la adversidad con Fe y confianza en Dios.

Pintar a Carmen Nebot fue un acto de silencio y reverencia. No necesité grandes discursos ni explicaciones. Bastaba con observarla, con dejar que su presencia humilde, pero inmensamente luminosa, hablara por sí sola.

Yo veo tu fuerza invisible, tu dulzura firme, tu vida como acto de amor. Porque hay una belleza en lo escondido, una grandeza en lo cotidiano, que solo se revela cuando uno pinta con el alma. Al terminar su retrato, sentí que Carmen me había enseñado algo profundo. Que la santidad no siempre brilla, a veces se desgasta como el delantal de cada día. Y, sin embargo, permanece. Como permanecerá esta obra en reconocimiento y gratitud de que por su intercesión haya mejorado mi pie para poder hacer las labores de cada día o permanecer erguida pintando un cuadro durante horas como hice con el tuyo, o agradecer tu lección de que en la vida no valen las carreras sino cada paso consciente y humilde en la presencia del Señor hasta llegar hasta el lugar donde ahora tu habitas: el cielo.

¡Gracias Carmen por todo lo que me has enseñado!

5 de agosto de 2025.

Fdo.: Isabel Castilla Soriano.